miércoles, 28 de abril de 2010

Me gusta abrazarte.

Quiero saber que aguantaré sin el beso del viernes, sin el del sábado de la semana siguiente. Quiero saberlo, necesito creerlo.
Y no es el beso. Esa solo es la metáfora.
Eres tú completo, como unión no aleatoria de cuerpo y espíritu, el que quiero que permanezca. Dentro de poco solo tendré de ti al alcance tu espíritu, en mayor o menor medida. Y echaré de menos tu cuerpo: tu silueta, tus manos, tu pelo, tus ojos, tus labios. Y es que a mí no me convence la teoría platónica del alma reencarnada en un cuerpo aleatorio.
Podemos relacionar estos dos aspectos. Porque yo te quiero por cuando hablamos, por cuando intercambiamos información verbal. Pero también por cuando te cojo la mano, cuando te toco el pelo, cuando te miro a los ojos y cuando siento mis labios en los tuyos.
No concibo la dualidad de la esencia del ser humano como algo real. Para mi es todo del mismo paquete. Y cuando me falte esa mitad (especialmente dolorosa la ausencia de contacto físico), necesitaré saber que puedo aguantar, que sigues entero, que me echas de menos.. Aunque solo sea dos segundos a la semana (oda a mi propio catastrofismo).

lunes, 5 de abril de 2010

No hay manera.


Nunca se me ha dado bien un ‘¿Estás bien?’
No me gusta inmiscuirme en lo que no es mío. Necesito mucho tiempo para saber que puedo hacerlo, que no pasa nada, que no incomodaré, que tal vez incluso ayudaré. No quiero incomodar. No quiero estorbar. No quiero molestar.
Me carcome la pregunta en mi cabeza, necesito respuestas, la presión me supera. Pero estoy acostumbrada, soy yo, me conozco, sé que no explotaré, que podré aguantar por ti.
Lo que me preocupa es hacerlo mal con los demás. Y tú no eres una excepción para mí. Eres de los pocos a los que quiero incondicionalmente. Y la duda, la posibilidad de un sufrimiento del que formo parte, me revienta. Tranquilo, no has hecho nada mal, no te reprocho nada. Lo has hecho todo de forma tan perfecta que no puedo ignorarte en ningún momento.
En tal fecha como hoy, podría decirte esto tranquilamente. No es por vergüenza, por no confiar ni por miedo. Es, como siempre, porque te quiero, y no tengo la confianza en mi misma ni la autoestima suficiente para aceptar que soy bienvenida en tu mundo, por más que me lo has dicho.

Nadie me recomendó que te quisiera a ti. Me preguntaste cómo fue, cómo empezó todo. No supe responderte y sigo sin poder hacerlo. Solo se que cuando conoces a alguien importante, lo sabes desde el primer momento.

Ahora estoy atrapada en tus manos, en tu pelo, en tu cabeza. En tus rarezas.
Pero, de verdad te lo digo, y te lo digo tan de verdad que debes creértelo: está bien, estoy bien. Todo está bien conmigo. Y si estoy bien es precisamente por ti.