jueves, 4 de junio de 2009

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Ahora que estoy aquí sentada, te dedico unas palabras porque echo de menos la entonación que le das a tus frases. Así recuerdo cada vez que me pides lo imposible y me encuentro riéndome sola pensando en cuándo voy a poder convertirme en la capulla que nunca quisiera ser. Pero así son las cosas, yo no puedo hacer más por mí, por ti ni por nadie. Bueno, por mí sí. Por ti, me asusto. Por nadie, pues nada. Nadie es nada para mí.

Es como ir volando en un dragón y que nadie lo ve, y de repente encuentras a un tío flotando en el aire que dice que está viajando en águila para encontrar el choripán con salsa deliciosa de aquel día, los 5 euros en burbujas y el banco de la esquina y el escaparate de quién sabe el qué. Pues ya estarán en mar abierto por lo menos, o tal vez en el vertedero de la región que habitamos.

Me vuelves a preguntar.
Sí, puedo.
Sí, quiero.

Seguiría escribiendo y escribiendo, es lo que pasa en días en los que estoy en el estado en el que estoy hoy. Y aquí ando escuchando a los Moldy Peaches y extrañamente relacionándolos contigo. Odio, odio esto porque es lo que nunca evito, porque casi nunca me sucede. No sé qué rondará por tu cabeza, pero la mía sigue igual que hace 2 semanas, un mes, un trimestre. O casi. Digo casi, porque di un salto y ahora estoy al borde de un precipicio. Abajo hay agua, lo sé, abajo hay agua. Por eso no tengo miedo a la muerte. Todo esto es pura mierda, un teatro, como todo.





Quiero cenar, beber cerveza y echar un pucho.
Contigo.
Ahora.

Pues.. Voy a ello.