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sábado, 18 de diciembre de 2010

Y la playa llora y llora.


Un año y pico no es tanto. O tal vez sea demasiado. Sea como sea, no me duele decir que te quiero.
Es posible que duela un poco más decir que te echo de menos, pero me aguanto. Me aguanto todo lo que puedo y sigo contando las baldosas que hay hasta la Plaza Mayor, y repito el camino varias veces al día. Y te aseguro que deberías saberte de memoria cada papelera y los puntos exactos donde tropiezo, porque casi siempre me acompañas. Especialmente cuando bebo. Me coges de la mano y no me sueltas ni para limpiarte el sudor de la frente al final de la cuesta de los borrachos, ni me sueltas para dejarme abrir la puerta de la residencia. La recepcionista te saluda con una sonrisa y tú sigues sin soltarme hasta que me pongo a llorar en la cocina y me abrazas, y yo me mareo con tu olor y te digo lo mucho que te echo de menos. Y tú me recuerdas los días que quedan para vernos. Me meto a la cama custodiada por tus fotos y no dejo de sentirme patética ni un segundo con las lágrimas todavía cayendo, y no dejo de sentirme afortunada porque sé que nadie ocuparía mejor el lugar que ocupas.
Finalmente me duermo mientras repaso las lecciones una a una, como cada día. Si me examinaran de ti obtendría mejor nota que tú mismo.
El tabaco de liar se mezcla con el CO2 y el olor a albóndigas, y de repente sonrío levemente porque solo queda una semana.
Una semana no es tanto. O tal vez sea demasiado. Sea como sea, no me duele decir que te quiero.