
No te das cuenta de que estás vivo, y si no lo estuvieras ni siquiera importaría. ¿A quién le importa una vida cuando hay millones en el mundo? Ya.
El día que yo muera, me gustaría que alguien llorara. Pero solo ese día, a partir de entonces quedan prohibidas las lágrimas. Porque hay veces que las lágrimas te queman la cara a su paso por tus ojeras permanentes y tus mofletes blandos y tiesos. Ahí es cuando dejan de llamarse lágrimas, para rebautizarse con el nombre de nostalgia. Entonces sabes que estás perdiendo el tiempo hagas lo que hagas, pero no te importa. Tan solo estás de viaje en este agujero negro con farolas, dando la oportunidad de ser queridos a aquellos a los que, a la larga, te vas a permitir perder. Por los que llorarás el día que te abandonen para ir a la tumba o a cualquier otra parte en la que tú no estés. Por los que solo llorarás ese primer día en el que te das cuenta de que a pesar de no ser muy lista, no estabas equivocada del todo. A partir de entonces te limitarás a ir calcinándote poco a poco la cara en memoria de almas perdidas, cavando así un camino para la más fría y dolorosa nostalgia, la nostalgia que es capaz de sentir solo quien morirá tantas veces como personas le dieron la oportunidad de ser querida.