
Que nadie espere ver una sonrisa en mi cara cuando estoy rodeada de miradas de dolor y tristeza, entre otras cosas. Creo que incluso podría incluir la mía. Sí, allí estoy, ahora me veo mejor, mirándome a través de los barrotes.
Salgo de mi cuerpo y me alejo unos escalones para ver(n)os desde más lejos, con la única intención de fumarme hasta el último lamento mientras trato de destruir esa electricidad que nos rodea.
Te miro a ti primero, a tu bola como siempre, desencantada de la vida tal vez, o solamente en parte. Giro la cabeza hacia mi derecha y te veo ahora a ti.. Qué puedo decir de ti. Tal vez adorando a un dios que no existe en ningún cielo. Sigo retando a las agujas del reloj, y ahí estás tú. No tengo ni puñetera idea de lo que te pasa, y eso me pone nerviosa. Quisiera ir y abrazarte, pero solo bailo. Luego vas tú, te toca a ti, querida. Contenta por dentro y por fuera, triste por dentro. O eso creo. Y por último estás tú, que me recuerdas tanto a mí a pesar de la diferencia, aunque quizás ésta ya no sea tan grande. A mí.. Creo que paso de mirarme a mí misma ahora, me aterra la idea.
Cuando ya no queda humo para estropearme también físicamente por dentro, vuelvo al círculo vicioso del que, sospecho, nadie va a salir nunca. Y si digo nunca es porque, aunque alguien consiga escapar, la estancia va a ser tan larga que no alcanzo a ver su final.
Si me voy a quemar por dentro, al menos que sea en vuestra compañía, y no observándoos a través de unos barrotes, un cristal, unas calles o un océano.